Heridas que escuecen, heridas mal cicatrizadas.
Nos pasamos la vida perdidos, quizás las personas que se encuentran; o creen que se han encontrado, son las que están más perdidas. Todos hemos sentido algo parecido a la liberación de todos nuestros problemas, pero eso es solo una ilusión. Que sea una bonita y apacible ilusión no significa que no hayan desaparecido esos problemas, pero tampoco significa que estemos libres de volver a caer, de volver a perdernos en nosotros mismos. Sin solución, o al menos aparentemente. ¿Podría existir alguien que lejos de rescatarnos de nuestro laberinto moral esté dispuesto a perderse con nosotros? ¿Podríamos llegar a experimentar ese estado el cual tanto ansiamos junto a ese alguien? No podemos confiar nuestro corazón; el órgano con el que sentimos, amamos, odiamos, a cualquier ser que a primeras pensemos que podría ser nuestro fiel compañero corredor de laberintos, guía de bosques o nadador de mares de dudas en los que nos enfrascamos día a día.
La soledad no ayuda a cuidar y resguardar a nuestro enser más querido como es el corazón. La soledad es una gran bola negra que te absorbe poco a poco y que con el tiempo te hace alguien más débil, más ingenuo, más fácil de ilusionar en cuanto a entregar nuestro yo en cuerpo y alma. De ésta manera es como nuestra compañera la soledad nos va consumiendo y llenando de falsas esperanzas esperando de brazos cruzados a que ese alguien llegue. Sin embargo, el problema no es ilusionarse si no el creer que algo llegará si no hacemos nada por ello. Hay que levantarse, actuar, ser uno mismo, sonreir, dar lo mejor de nosotros mismos, aunque no hay que dejarse engañar porque después de mucho guardar nuestro corazón llega alguien que nos lo roba descaradamente. Sin avisar. Sin ningún cuidado por si le llegara a pasar algo. Nosotros se lo confiamos, se lo confiamos sin importar nada. Pensamos que es el corredor, guía y nadador que buscábamos. Quedamos ciegos, ciegos por el amor, ciegos porque no vemos la realidad. Todo gira en torno a nuestro compañero, dependemos de nuestro compañero y vivimos por nuestro compañero.
Un día, sucede algo. Una catastrófica desdicha, que sin saber como, nos devasta por dentro. Sentimos como si durante ese tiempo que estábamos ciegos nos perdíamos como la persona que tenía nuestro corazón nos hacia agujeros, agujeros y heridas. Dichas heridas en las que, cada vez que ves a tu corredor de laberintos con otra persona, sientes dolor. Por supuesto que nuestro corazón no entiende el porqué de todo el dolor que le están causando, ¿por qué después de haber querido, de haber sido feliz, de haber tenido esa ilusión de felicidad;de no estar perdido y solo, le hacen tanto daño?
Después de haber estado ciegos, lo único que vemos es agua, agua que brota de nuestros ojos, los cuales, dicen que son las ventanas del alma. Que alma más triste y atormentada. El alma tampoco entiende el porqué de lo que pasa, ella solo quería ser feliz y se encontró con que nada es lo que parece.
Después de un tiempo, el cerebro que no toma cartas en el asunto de sentimientos y emociones aparece. Siendo el más tonto de todos, piensa que el corazón y el alma deben darle una segunda oportunidad a el que un día les falló. Como el corazón y el alma son tan inocentes, lo vuelven a intentar. Nadie sabe lo que deparan las segundas oportunidades, donde acabarás después de que aquellas heridas que siguen escociendo vuelvan a encontrarse con quien las hizo un día.